EL MONSTRUO TIFÓN, ZEUS Y EL ETNA

Tifón era una criatura gigantesca de la mitología griega. Generalmente se lo ha descripto como un monstruo de cien cabezas. Sus bocas lanzaban terribles rugidos y espantosas llamaradas.

Escultura de Tifón.

Según otras versiones, tenía cabeza de asno, su torso cubierto de plumas y alas tan grandes que al extenderlas oscurecía la luz del sol. Sus dedos eran serpientes. Por su boca lanzaba grandes rocas llameantes.

Tifón ambicionaba el dominio del mundo. Tras una serie de batallas en las que inicialmente perdieron los dioses, Zeus contraatacó y fulminó al Tifón con sus rayos y lo sepultó en el monte Etna, motivo por el cual, rabioso, el monstruo cautivo vuelve a vomitar fuego, de vez en cuando.

El origen

Relata la mitología griega que Gea (la diosa de la Tierra) yació con Tártaro (dios del Inframundo) y poco tiempo después, en la Cueva Coriciana de Cilicia, dio a luz a su último hijo, Tifón, el monstruo más grande que jamás haya existido (Typhôn, “humo”). Desde los muslos para abajo no era más que serpientes enroscadas, y sus brazos, cuando los extendía, llegaban a centenares de leguas de distancia en cada dirección, y en vez de manos tenía innumerables cabezas de serpientes. Su cabeza de asno bestial tocaba las estrellas, sus enormes alas oscurecían el sol, arrojaba fuego por los ojos y de su boca salían rocas inflamadas.

El ataque al Monte Olimpo

Gea, la madre de Tifón estaba resentida por cómo Zeus había tratado a los Titanes (en una guerra que duró diez años donde los titanes perdieron y fueron encerrados), porque eran sus hijos. Tifón creció y se hizo poderoso y planeó destruir a Zeus por haber derrotado en un tiempo anterior a él a los Titanes (los Titanes eran 12 poderosos dioses en la Edad de Oro, antes que existiera la raza humana, que derrocaron a su padre Urano (Dios del Cielo) instigados por su madre Gea (Tierra). Cronos, el menor, se proclamó rey de los titanes y entre ellos concibieron más titanes hasta que la nueva generación de dioses, liderados por el joven Zeus y sus aliados los venció en la famosa Guerra de los Titanes o Titanomaquia que duró diez años. El cuartel general de los Titanes era el monte Otris que fue destruido. Los antiguos escritores griegos insinúan que la humanidad nació de la sangre derramada por los Titanes en su guerra contra los Olímpicos).

Hesíodo, coloca inmediatamente después de la Titanomaquia o guerra de los Titanes, la lucha de Tifoeo o Tifón contra los dioses, que describe a lo largo de sesenta versos. 

Los dioses Olímpicos huyeron a Egipto ante el avance de las huestes de Tifón.

Así, Tifón decidió atacar el reino de los dioses y tomar el poder. Acompañado de su esposa Equidna (mitad mujer y mitad serpiente), y de los hijos concebidos entre ambos (Gorgona, Cerbero, Quimera, Esfinge, Hidra, Orthros, Ladón, León de Nemea, el dragón de la Cólquida, el Águila de Prometeo, y la Cerda de Cromio, entre otros) echaron a correr hacia el Monte Olimpo, los dioses huyeron aterrados a Egipto, donde se transformaron en animales: Zeus en un toro, Apolo en un cuervo, Dionisos en una cabra, Hera en una vaca blanca, Artemisa en una gata, Afrodita en un pez, Ares en un oso, Hermes en un ibis, Baco en un macho cabrío, etc. Sólo Atenea se mantuvo en su puesto y se mofó de la cobardía de Zeus, hasta que éste, reasumiendo su verdadera forma, lanzó contra Tifón un rayo seguido de un golpe con la misma hoz de pedernal que había servido para castrar al dios Urano.

Zeus es hecho prisionero

Herido y gritando, Tifón huyó al monte Casio o Casión que se alza sobre Siria por el norte, y allí los dos se trabaron en lucha. Tifón envolvió a Zeus en sus millares de enroscamientos, le despojó de la hoz y, después de cortarle los tendones de las manos y pies con ella, lo arrastró a la Cueva Coriciana (en Cilicia). Zeus es inmortal, pero no podía mover ni un dedo, y Tifón había escondido los tendones en una piel de oso que vigilaba Delfine, una hermana monstruo con cola de serpiente. 

El poderoso Zeus fue hecho prisionero por Tifón y encerrado en una cueva en Cilicia.

La noticia de la derrota de Zeus sembró la consternación entre los dioses, pero Hermes y Pan fueron secretamente a la cueva, donde Pan asustó a Delfine con un grito súbito y horrible, mientras Hermes sustraía hábilmente los tendones y volvía a colocarlos en los miembros de Zeus. Pero algunos dicen que fue Cadmo quien engatusó a Delfine para que le entregara los tendones, alegando que los necesitaba para hacer con ellos las cuerdas para una lira con la que iba a tocarle una música deliciosa. Zeus volvió al Olimpo y, montado en un carro tirado por caballos alados, persiguió una vez más a Tifón con sus rayos. Tifón había ido al monte Nisa (en Tespia, región de Beocia), en Grecia, donde las tres Parcas le ofrecieron frutos efímeros, alegando que con ellos recobraría su vigor, aunque, en realidad, le condenaron a una muerte cierta. Llegó al monte Hemo en Tracia y, levantando montañas enteras, las lanzó contra Zeus, quien interpuso sus rayos, de modo que rebotaban contra el monstruo causándole espantosas heridas. Los chorros de la sangre de Tifón dieron su nombre al monte Hemo.

El monstruo huyó a Sicilia, donde Zeus puso fin a la lucha arrojando sobre él el monte Etna, sepultando a Tifón y formándose el cráter que vomita lava y fuego hasta nuestros días.

Dice la leyenda que Zeus perdonó al resto de los hijos de Tifón, en cuanto a Equidna huyó y vivió desde entonces en una cueva del país de los Arimoi, un remoto lugar desértico situado en Asia, probablemente en Siria.

Reinterpretación del mito 

Esta interesante historia puede interpretarse también como el vago recuerdo de dos poderosos reinos en lucha en la noche de los tiempos, uno de ellos, el reino de Tifón y sus aliados.

Tifón, hace milenios se atrevió a enfrentar a los dioses del Olimpo.

Tifón nació en Cilicia, o sea su origen está en lo que hoy es la zona costera de la península de Anatolia (Turquía) y organizó un ejército con países de los alrededores del Mar Negro y del Cercano Oriente para atacar a la Antigua Grecia donde reinaba Zeus, un rey indoeuropeo.

Las cien cabezas o serpientes pueden interpretarse como cien ciudades o cien países, de hecho, Gorgona, Cerbero, Quimera, Esfinge, Hidra, Orthros, Ladón (el dragón de las Hespérides), León de Nemea, el dragón de la Cólquida, Ethon o Kaukasios (el Águila de Prometeo), y la Cerda de Cromio, serían algunos de estos reinos con sus banderas o distintivos característicos. Tal como hoy hablamos simbólicamente del oso ruso, el águila norteamericana, el león inglés, o cuando hablamos de equipos deportivos, los pumas, las leonas, las gacelas, los tigres y todos sabemos que es una metáfora.

Tifón y sus seguidores atacaron probablemente hace más de siete u ocho mil años antes de Cristo, al imperio de Zeus y sus aliados que tuvieron que retirarse a Egipto y luego contraatacaron, tras una serie de batallas, terminaron con la destrucción de las últimas fuerzas de Tifón en Sicilia y la victoria total de los Olímpicos que perdonaron a los aliados de su enemigo.
 
 
Representación griega de la lucha de Zeus contra Tifón.

Es probable que los hititas que habitaron en Cilicia desde tiempos inmemoriales sean descendientes del reino de Tifón. Los textos hititas llaman a su principal deidad Teshub, que significaba “Tormenta Ventosa” y además era su dios de las tormentas. Las batallas de Teshub tenían lugar en los cielos y en los mares; en una de esas batallas, Teshub recibía el respaldo de setenta dioses con sus carros. No hay mucha diferencia entre el Tifón de los mitos griegos (que provoca tormentas y fuertes vientos) y Teshub (Dios de las tormentas de los hititas). Tifón tenía 100 serpientes, Teshub 70 dioses con sus carros.

Es muy probable que Tifón sea una deformación del nombre Teshub, en griego antiguo se pronunció typhos, Tifaón, Tifoeo, Tifeo, Typhon en latín, hasta nuestro actual Tifón.

Muchos años después, otro Tifón, hijo menor del anterior, reunió a los Gigantes (otra nueva coalición de países y reinos) y les presentó batalla a los dioses del Olimpo en lo que se conoce como la Guerra de los Gigantes, pero esa, es otra historia.

Por Alberto Seoane

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